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Tus preguntas sobre los Santos

San Juan de Colonia y los mártires de Gorkum

San Juan de Colonia y los mártires de Gorkum

San Juan de Colonia. 9 de julio.

No es este santo un santo fácil “de tragar”, un santo del que se lee sin sentir que se queman las entrañas, que nos levanta del cómodo sofá de la cómoda fe. Un simple “no”, o, por el contrario, un pequeño asentimiento y no habría padecido el martirio, acaso ni siquiera hoy sabríamos de él.

Juan vivió en el siglo XVI, profesó en la orden dominica, y aunque de origen alemán, estaba destinado en el convento de los dominicos de Horn, Holanda. Son los tiempos de las guerras religiosas, de la reforma protestante, en este caso, llevada a cabo por los calvinistas. Reforma religiosa, pero sostenida y alentada por intereses políticos y económicos. Verse libre del “papismo” era verse libre del emperador y su vasallaje, a lo cual anhelaban los príncipes del Imperio. A esto nos había llevado la unión Iglesia-Imperio, lamentablemente: papas guerreros, economistas, más interesados en la voluptuosidad del renacimiento que en la santidad cristiana. Mucho se demoró la Reforma del Concilio de Trento y, cuando se hizo, ya era tarde, al menos para reconciliar a las partes.

En Horn, Juan era amado por sus feligreses y gozaba de fama de virtuoso y caritativo, por ello no es extraño que, arriesgando su vida, se decidiera a visitar a católicos, fieles y religiosos, prisioneros. Hoy muchos dirían que fue imprudencia, temeridad, falta de sentido práctico… y tal vez fue un poco de todo, pero hay algo que apremia aún más que la razón, y esto es la caridad, el cumplimiento del deber (¿ven como no es un santo fácil de tragar?). En esta visita, al no ocultar su condición de sacerdote y religioso dominico fue apresado junto a los que ya estaban allí, y fueron sus compañeros de sufrimientos y gloria: 2 religiosos premonstratenses, 11 franciscanos, y 2 canónigos regulares de San Agustín. En la prisión, además de los vejámenes comunes que se cometen cuando se tiene toda la libertad para ello, acrecentados cuando los castigados son inocentes y desgarran con sus miradas limpias, nuestros mártires son sometidos a las promesas de libertad por unas “pequeñas concesiones”: Negar el primado espiritual del Papa y la presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía. ¿Quizás los carceleros, antiguos católicos, creían aún en lo que pretendían que otros negaran? ¿Qué gusto sentirían en que renegasen de su fe? ¿Que les aportaría a su nueva fe la renuncia de los otros, lograda por la fuerza? Son preguntas que sólo los verdugos (los de todos los tiempos) sabrían responder, porque Juan y los demás, no las respondieron: permanecieron firmes.

Burlas, castigos, amagos de matarlos en el momento, nada pudo hacer que los religiosos condescendieran a negar su fe. Cansados los verdugos, desmoralizados, decidieron pasarlos a la “justicia” y que juzgase sus crímenes de “romanismo”. Fueron llevados a Brila, atados con cadenas y casi desnudos, pues los hábitos les habían sido arrancados a la fuerza, porque ni esto quisieron permitir los mártires. Unos a otros se animaban, se consolaban y se ayudaban: dar el alimento al desfallecido, sostener la cabeza de uno para que pudiera orar… y otras muestras de caridad. Al llegar a Gorkum, destino final de su calvario, ya estaban preparadas las horcas, a la que Juan se subió sin esperar la sentencia, ni las últimas promesas de libertad si renegaba de su fe católica. Fueron ahorcados y allí, según la piadosa leyenda, que no falta en ninguna vida de santo que se precie, con el tiempo creció un precioso árbol con tantas flores como mártires fueron.

Clemente X los canonizó a todos juntos, como juntos habían dado testimonio, y alcanzados el premio. Juan de Colonia y compañeros no son del siglo XVI, son de hoy, de cada día. Es el santo de decir “”, aún cuando un simple “no” podría salvarnos, no ya de la horca, pero sí de la cuerda que ata la libertad.

Sus atributos: hábito blanco y negro dominico, una soga al cuello, la palma de martirio, una custodia o copón con el Santísimo, que proclaman su afirmación de la Presencia Eucarística. Un libro con una tiara pontificia o una pequeña iglesia (su fidelidad al papa y la Iglesia).

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