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Tus preguntas sobre los Santos

Santa Eufrasia.

Santa Eufrasia.

Pregunta: que me puedes decir sobre Santa Eufrasia. Mi madre se llama así. España.

Respuesta: Pues algo te puedo decir. El Martirologio romano la señala el 13 de marzo, mientras los griegos la ponen a 25 de julio. San Juan Crisóstomo (13 de septiembre) cita una vida suya, escrita en griego antiguo. San Juan Damasceno (4 de diciembre) trata de ella en su “Lección sobre las imágenes”. Luego del siglo VIII se escribieron otras vidas, muy adornadas y más llenas de alabanzas que de hechos históricos. Los carmelitas la tuvieron como santa propia hasta la reforma conciliar, cuando eliminaron varios santos de su calendario.

Eufrasia vivió en el siglo V, y era hija, según la leyenda, del gobernador de Licia, Antígono, y de su esposa, Eufrasia. Antígono murió cuando Eufrasia era muy pequeña y al cumplir cinco años, el emperador Teodosio I, que había tomado a la viuda y la niña bajo su protección, decidió ajustar un matrimonio ventajoso para ella en el futuro. Eligió para ello al hijo de un rico senador romano, la prometió y decidió se celebrase el matrimonio en cuanto la niña tuviera edad suficiente. Pero, antes que eso pasara, Eufrasia (la madre) perdió el favor imperial y decidió retirarse a Egipto, donde conoció a eremitas y monjes de la Tebaida. Allí comenzó a visitar un monasterio donde hizo amistad con las monjas, las beneficiaba y las socorría, y estas se prendaron de Eufrasia (la niña).

Un día, la abadesa le preguntó en juego a la niña si la quería más que a su madre, tanto como para irse a vivir con ellas, a lo que Eufrasia respondió, muy en serio: "Yo sí, no creyera que fuera a llorar mi madre. Y también está mi esposo". Le dijo la monja "¿que es lo que más amas, a tu esposo o a tus hermanitas?”. Eufrasia le dijo “nunca he visto a mi marido, ni mi marido nunca me ha visto, poco no podemos amar, por tanto. Pero yo te quiero mucho hermana, porque te conozco”. “Oh”, dijo la monja, "te quiero mucho, pero amo a Jesucristo por encima de todo”. A lo que Eufrasia contestó: "yo también te quiero mucho, pero amo a más a Jesucristo”.

Eufrasia (madre) oía la conversación enternecida, pero aún así, pretendió llevarse a la niña, convencida de que era un capricho infantil quedarse allí y que se cansaría pronto de la vida del claustro. Le dijeron que debía ayunar, vivir muy austeramente, aprender el Salterio de memoria y dormir en el duro suelo, pero Eufrasia (niña), a pesar de las dificultades, dijo que estaba lista para todo ello y que no quería partir. La abadesa dijo a la madre, "deja a la niña con nosotras, porque la gracia de Dios está obrando en su corazón”. La madre, poniendo a la niña ante un Cristo, dijo llorando: "¡Señor Jesucristo, recibe esta niña bajo tu protección, ya que sólo te desea a ti”. Y luego bendijo a la niña, diciendo: "Que el Señor, que hizo las montañas tan fuertes que no se pueden mover, que te confirme en su santo temor". Al irse, iba llorando y las monjas con ella. A los pocos días Eufrasia fue llevada a la capilla, se le impuso el hábito religioso, y su madre, al ver que estaba feliz, dejó de llorar y se alegró con ella.

Pasaron los años, Eufrasia (madre) murió y… el emperador escribió a Eufrasia (que ya tenía 12 años) instándola a que volviera a Constantinopla a casarse su prometido. Ella era de sangre imperial, y Teodosio consideraba que, tras la muerte de su madre, la herencia de Eufrasia, debía ser suya. Ella le imploró le permitiera seguir su vocación, y que dispusiera sus bienes en beneficio de los pobres. Teodosio, convencido de su vocación, la dejó en paz y disolvió su compromiso.

Entonces comenzó para Eufrasia otra lucha, la de las tentaciones: en plena adolescencia, comenzó a ser tentada con la vida opulenta que podría llevar, siendo noble, con los banquetes y halagos masculinos que podría recibir. Para desviar la atención, y probar su obediencia, la abadesa le ordenó que moviera un gran montón de piedras, y las llevara a la cima de una colina, a cierta distancia (la piedra es su atributo característico). Eufrasia obedeció alegremente, moviendo las piedras hasta el lugar indicado. Al terminar, lo comunicó a la abadesa, que le dijo: "Tráelas todas de nuevo”. Y Eufrasia obedeció. Al día siguiente le dijo la abadesa "he cambiado de opinión, lleva las piedras de nuevo a la cima del montículo”. Y así, treinta días seguidos, pero Eufrasia siempre obedeció con alegría. Fue enviada a la cocina, a cortar la leña para el fuego, a cocer el pan y los alimentos. Aunque por estas duras tareas estaba exenta de asistir a los oficios de medianoche, Eufrasia nunca dejó de ir al coro con las demás.

A los veinte años, y a pesar de tanto trabajo, era más alta y bella de las otras hermanas. Por esto era envidiada por otra monja, llamada Germana, que, además de rumorear contra ella, llegó a herirla con un hacha, a lo que Eufrasia respondió sacando el demonio de su interior (en la imagen). Dios la favoreció con el don de hacer milagros, y echar malos espíritus. Sanó muchos enfermos y poseídos. A los treinta años, enferma y llena de méritos, cuando Eufrasia iba a morir, otra monja que le quería mucho, Julia, le pidió ser su compañera en el cielo, como lo habían sido en la tierra. Cuando Eufrasia murió, Julia lloró tres días sobre su tumba y al tercer día murió. Al quinto día, la abadesa se sintió morir y supo que era Eufrasia, que la llamaba junto a Dios, al cielo. Fue enterrada en el mismo nicho que Eufrasia y Julia.

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