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Tus preguntas sobre los Santos

Comentario a la leyenda de Santa Filomena (I)

Comentario a la leyenda de Santa Filomena (I)

Los restos de Santa Filomena, el vaso de sangre y la inscripción y simbología de la lápida, cuando fueron hallados en las catacumbas de Priscila en 1802, tan sólo daban la información de que se trataba de una joven mártir de la Iglesia primitiva. En realidad, esto es lo único que podrá asegurarse con veracidad. Sin embargo, la piedad de la época pedía saber más acerca de una mártir de la que era imposible saber nada más, según ocurre con los mártires de las catacumbas. Por eso, en 1832 nacía la leyenda de Santa Filomena, procedente de supuestas revelaciones privadas de la Santa a una monja napolitana, la Venerable Sor María de Jesús, y que dice estar refrendada por otras revelaciones alternativas a otras dos personas que no tuvieron contacto con ella. La realidad es que esas tres versiones no prueban la autenticidad de la leyenda, porque ninguna de las tres dice lo mismo. Tan sólo la versión de Sor María Luisa dice auténticos detalles. Aun cuando fuera aprobada por la Iglesia, esto se hizo tan sólo porque no contenía nada contrario a la fe, pero la realidad es que no es más que la reconstrucción idealizada de una típica leyenda medieval de virgen mártir, basándose exclusivamente en la interpretación – por otra parte, totalmente arbitraria- de los símbolos de su lápida. Esto puede demostrarse fácilmente analizando la leyenda paso a paso. Ésta comienza así:

Yo soy la hija de un rey de un pequeño Estado de Grecia. Mi madre también era de sangre real.
Será muy típico en las leyendas medievales que a las vírgenes mártires les atribuyan orígenes nobles o reales, precisamente para reforzar el prestigio de las mismas, como si valieran más por ser princesas o nobles, que por ser mártires de la fe. Pero así era en aquellos tiempos. Ese dato fue copiado para la leyenda de Filomena. Sería de ver si a las nobles las enterraban también en las catacumbas, pero en cualquier caso lo que aquí hay que ver por encima de todo es lo siguiente:

En la época de que hablamos, años 303-304, en el ocaso del mandato de Diocleciano, ya no existía ningún “pequeño Estado de Grecia”. De hecho, ya no existía Grecia como tal. El mosaico de polis griegas que formaban la nación helénica desapareció tras la conquista de Alejandro Magno y a su muerte todo lo conquistado por él se fragmentó en diversos reinos helénicos, y lo que había sido Grecia se convirtió en diversos reinos al mano de reyezuelos. Pero estamos hablando de una época anterior a Cristo. Cuando Roma conquistó estas zonas, en tiempos de la República, en principio respetó algunos reinos y a sus reyezuelos, convirtiéndolos en sus aliados. Pero poco después, ya sea porque a la muerte de estos reyezuelos, el reino era legado a Roma, ya sea por pactos políticos, estos reinos fueron suprimiéndose y anexionándose al Imperio, y los reyezuelos convertidos en gobernadores, o sustituidos por magistrados romanos. La parte oriental de la antigua Grecia, fue provincializada en tiempos de César, con el nombre de Acaya. Todavía estamos en la República. Para cuando Jesús vino al mundo, no quedaban reinos independientes en lo que había sido Grecia ni ningún rey gobernando en ella. Mucho menos, por tanto, cuatrocientos años después, en tiempos de Diocleciano, reformador administrativo, con un Imperio bien asentado, aunque amenazado en sus fronteras. Ni reinos ni reyezuelos en Grecia, por tanto. Quien escribió la leyenda, si fue Sor María Luisa u otra persona, desconocía estos datos, o no los quiso considerar.

No pudiendo tener hijos, mis padres continuamente ofrecían sacrificios y oraciones a los falsos dioses para obtener un niño. Nosotros teníamos en nuestra familia a un doctor de Roma llamado Publius, que era cristiano. Él se compadeció de la ceguera de mis padres, y especialmente tuvo compasión de mi madre por su infertilidad. Inspirado por el Espíritu Santo, habló a mis padres de nuestra Fe, y les hizo esta promesa: "Si queréis un niño, bautizaos y abrazad la religión de Jesucristo". La gracia acompañó sus palabras, sus mentes fueron iluminadas y sus corazones ablandados. Aceptaron y siguieron el consejo de Publius. Fueron instruidos durante un tiempo y bautizados junto con varios de sus cortesanos. Al año siguiente -el 10 de enero para ser exacta- yo nací y fui llamada Lumina, porque había sido concebida y nací a la luz de la Fe, de la cual mis padres eran ahora verdaderos devotos. Cariñosamente me llamaban Filomena, o sea, Hija de la Luz, de esa luz de Cristo que habita en mi alma por la gracia que recibí en el bautismo.

Dos observaciones fundamentales en este pasaje: primero, que el tema de los padre paganos infértiles, que se vuelven fértiles al abrazar al cristianismo, y que son regalados con un hijo o hija que será santo y mártir, es un tema ya muy recurrente en las leyendas de santos tardoantiguas y medievales. Otras veces son padres cristianos pero poco creyentes, que tras años de oración enfervorizada son bendecidos con el hijo. Abundan en las leyendas de santos ortodoxos estos detalles. Esto es una de las razones porque a Santa Filomena se la invoque para tener hijos, porque ella vino al mundo tras una conversión. Pero insisto en que es un dato tomado de las leyendas de santos tradicionales.

La segunda observación es la más importante: hay un gravísimo fallo de etimología en el nombre de Filomena. Si la niña era griega, le pondrían un nombre griego, no un nombre latino. Lumena, o Lumina, es un nombre que no está documentado en ningún lado. No existe. Los nombres femeninos que aluden a la luz, en latín, son Lucía, Lucila, Lucida, entre otros, pero todos con esta raíz. Lumena jamás ha sido documentado, y parece que esto haya surgido simplemente porque alguien leyó LVMENA por una parte y FI por la otra, aun sabiendo que la inscripción correctamente reconstruida dice FILVMENA. Inexplicable esta torpeza. Y por otra parte, pretender que Filomena sea un nombre latino, y que se quiera relacionar con “filia luminis”, es cometer un gravísimo fallo de etimología y poner sobre la mesa un total desconocimiento de las lenguas clásicas. El nombre de Filomena, tal cual es, y como está documentado en la lápida, existió siempre: significa ruiseñor, el ave que adora cantar, “filo”, amor, “menas”, canto, melodía. Y es un nombre griego. La ironía no es poca: teniendo ella un nombre griego en realidad, la leyenda lo destrozó pretendiendo que fuera latino para que significara “filia luminis”, cosa que no significa, y empeoraron las cosas, cuando la realidad era más sencilla. Filomena es un nombre de mujer, es griego, y significa ruiseñor. Sin discusión alguna. De hecho, pasó a la lengua latina sin cambiar su forma ni su significado, como prueba la lápida de la mártir, y otros tantos nombres griegos documentados en las catacumbas.

Tristemente, hasta hoy se sigue difundiendo esta equivocada etimología, alentada por esta leyenda absurda, que haciéndola nacer en una familia “real” griega, le metieron un significado latino a su nombre griego. El desastre no es poco. Pero aquí está la verdad del caso y cualquier estudioso auténtico de las lenguas clásicas lo tiene a la vista. Jacopo Della Voragine, autor de La Leyenda Áurea, podía permitirse mezclar latín con griego y destrozar etimologías de nombres, por la época de ignorancia en que vivió, y por ser su tarea más de recopilación que de autoría, pero que esto sucediera en una leyenda del siglo XIX, y que hasta el siglo XXI se haya seguido difundiendo este craso error, es simplemente inadmisible, se mire por donde se mire.

Meldelen

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