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Tus preguntas sobre los Santos

Martyrium: ahogamiento

Martyrium: ahogamiento

En artículos anteriores hablábamos de la importancia del fuego en la religión como elemento purificador. Existe otro elemento que tiene idéntico valor, el agua; pero mientras el agua dulce precisa una serie de ritos para volverla sagrada, el agua salada lo era por naturaleza: así lo entendían los antiguos. Del mismo modo que se quemaba a los sacrílegos, también se les arrojaba al mar, cuya agua salada los purificaría de su ofensa a la divinidad. Tal cosa se hacía con los cristianos, con una doble maldición añadida: el cuerpo insepulto no dejaba a su alma reposar en paz –según la religión pagana- y tampoco podía ser venerado por la comunidad cristiana, a menos que se recuperara, cosa que siempre entrañaba sus riesgos.

Al sentenciado se le ataba un peso al cuerpo, casi siempre un pedrusco mal labrado –no es sensato pensar que se recurriera sistemáticamente a ruedas de molino y anclas, que eran más útiles en molinos y barcos- y se le hundía en el mar. Pocas veces se dan casos de recurrir a ríos o lagos, porque el agua dulce era mejor reservarla para personas, animales y cultivos; y naturalmente arrojar un cuerpo a ella implicaba contaminación.

Podemos dividir a las mártires entre las que fueron arrojadas al mar como sentencia final, y perecieron ahogadas; y aquellas que siendo ya cadáveres fueron sumergidas con la intención de hacer desaparecer sus restos.

Santa Cristina de Bolsena: la leyenda nos dice que por orden de su padre fue arrojada al lago Bolsena con una rueda de molino como peso. Como suele suceder en estos relatos, es inmediatamente rescatada por una cohorte de ángeles.

Santa Áurea: fue ahogada en el puerto de Ostia, pero al poco la marea devolvió su cadáver a la orilla, siendo inmediatamente rescatado.

Santa Teodosia de Tiro: ahogada en el mar, sus restos se perdieron.

Santa Beatriz: su cuerpo fue arrojado al Tíber, algunas versiones afirman que la ahogaron y otras que ya había sido estrangulada antes de ello.

Santa Honorina: arrojado su cadáver al Loira, lograron recuperarlo.

Santa Juana de Arco: las cenizas y huesos calcinados fueron a parar al Sena a su paso por Rouen, y se perdieron irremediablemente. Cualquier reliquia que digan que es de ella es pues, rotundamente falsa 1.

Las siete vírgenes de Amisus: Tecusa, Claudia, Matrona, Juliana, Alejandra, Claudia y Eufrasia, fueron ahogadas en un lago. Recuperó sus cuerpos Teotecno, sobrino de Tecusa y les dio honrosa sepultura, siendo luego martirizado por ello.

Santas Domnina, Verónica y Proscudia: madre e hijas respectivamente, prefirieron arrojarse a un rápido torrente antes que ser violadas por los soldados que las habían capturado. La corriente las arrastró y se ahogaron.

Santas Domnina y Teonila: el presidente Lisias, encargado de su proceso, tras hacerlas morir entre torturas dispuso que sus cuerpos fuesen metidos en sacos y hundidos en el mar. Sólo las conocemos por este relato.

Santa Sinforosa (en la imagen): tras varios tormentos, fue arrojada el Tíber en presencia de sus siete hijos, donde pereció ahogada. Su cuerpo fue rescatado después y enterrado.

Santas Rufina y Segunda: arrojadas al río con pesos, por un milagro éstos flotaron y pudieron salir por su propio pie.

Santa Helena de Sínope: su cadáver destrozado fue metido en un saco y tirado en alta mar, pero al verlo flotar otro navío, fue recogido y devuelto a tierra.

No incluimos aquí a Santa Filomena, tradicionalmente asociada a la iconografía del ancla, porque su historia, como ya hemos dicho, es resultado de la mala interpretación de este símbolo en su lápida, que en realidad alude a la cristiana virtud de la esperanza. Por este mismo motivo tampoco incluimos a Santa Caritosa, mártir de las catacumbas venerada en Bronte.

Entre los mártires, destacan San Silvestre (con ancla), San Juan Nepomuceno (en pleno siglo XIV), San Florián, San Vicente mártir (ambos con rueda de molino) y San Julián de Anarzaba (en un saco con un perro y serpientes)

Como excepción mencionaremos a dos valientes mujeres escocesas, la joven Margaret Wilson y la anciana Margaret McLachlan, protestantes presbiterianas, que por no acatar el juramento de obediencia al rey inglés como cabeza de la Iglesia –que además las forzaba abjurar del presbiterianismo y adoptar el anglicanismo-, fueron salvajemente ahogadas en el mar. Sin embargo es importante tener claro que no eran católicas, y por tanto, aunque han sido homenajeadas como mártires por sus correligionarios, no se cuentan entre el número de los Santos, al no haber veneración de éstos en el protestantismo, pero no son menos mártires.

Meldelen

1 Hoy se sabe que eran de un gato, cosa lógica, pues en algunos sitios se arrojaba un gato a las hogueras de los condenados.

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1 comentario

Meldelen -

Oye, ¿el del ancla no era San Clemente? Me sonaba que sí, pero bueno, tampoco me hagas mucho caso, que yo, los hombres, como ya sabes, no los domino tanto...
Juas, fíjate que yo no sabía lo del gato en la hoguera. ¡Pobre gato! Sería por la manía medieval de ver en él al demonio... ché, con lo que a mí me gustan los mininos...
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