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Tus preguntas sobre los Santos

Santas Elena y Centola de Burgos

Santas Elena y Centola de Burgos

Pregunta: En primer lugar mis felicitaciones por la web, todo un ejemplo de rigurosidad, respeto y buen gusto.  Aprovecho este mensaje para consultar por varias cuestiones por las que siento especial curiosidad. En primer lugar y dado que vine ayer de Burgos donde hay una impresionante representación pictórica de estas Santas, quisiera saber ¿Cual es la historia de Santa Centola y Santa Elena?

Respuesta: Hola. Gracias por tus elogios a la página. Hago lo que puedo, la verdad. No tengo todo el tiempo ni el conocimiento o información para hacer lo que desearía, pero lo intento. Me haces varias preguntas, pero comienzo por lo primero: Elena y Centola. Espero ver esa impresionante representación pictórica que dices ¿tienes fotos, me la envías? Y te respondo, tomando lo que dice el Año Cristiano de España, Volumen 8. Edición de 1853. Entrecomillo lo que textualmente saco del libro.

Santas Elena y Centola, mártires. 2, 4 y 13 de agosto.
Según este santoral, Centola nació en Toledo, de padres nobles y paganos. Desde pequeña observó, por sus propios razonamientos y observación de la realidad, amén de la ayuda divina, la falsedad de la idolatría (aquí el autor se explaya en lo que él llama “ridiculeces del gentilismo”). Así, abrazó en secreto la fe cristiana con todo lo que significa: oración, caridad, sacrificios, anuncio de Jesucristo. Su padre intentó que abandonara la nueva fe y volviera a la fe de sus padres. Promesas, regalos, amenazas, nada pudo “separarla de Jesucristo, cuyo amor se había apoderado de su corazón enteramente” (sigue el autor). Así fue que, sintiéndolo mucho, huyó de su casa llegando a Soris o Siaria (actualmente Sierro), tierra que pertenecía al antiguo obispado de Burgos, aunque no a la ciudad. Allí se hospedó en la casa de una señora cristiana llamada Elena. No nos dicen las crónicas o tradiciones ni como se conocieron, ni por qué allí, pero es probable que siendo la hospitalidad entre los de la misma fe, una virtud amada por los cristianos, Elena la acogiese al saber que huía por motivos religiosos. Así es que Centola y Elena, ya juntas se dedicaron a obras de caridad y piedad.

La cosa podría haberse calmado si no hubiese sido porque el emperador Maximino “persuadido a que la subsistencia de su imperio dependía en destruir la religión del Crucificado” (según este Año Cristiano), envió a su ministro Eglisio a las tierras cántabras, para obligar a los cristianos a cumplir la ley de sacrificar a los dioses, renegando de su fe. Enterado que Centola, además de no ocultar su fe, la predicaba y convertía a la Iglesia a muchos habitantes de la zona, la mandó a llamar al tribunal. Otra vez las promesas, halagos, amenazas (pero esta vez por parte de quien sí las ejecutaría) no pudieron doblegarla, por lo que Eglisio mandó fuera estirada en el potro y, aunque oyó claramente como se descoyuntaban los huesos, mandó le desgarraran el cuerpo con garfios de hierro. Pero Centola, ni renegó de la fe, ni suplicó, antes bien se burló de los verdugos y les retó a probar nuevos tormentos. Y eso hizo el ministro: mandó le cortaran los pechos, la llevaran a su prisión y la dejaran morir sin curación alguna y desangrada.

Enteradas de esto, se llegaron a la cárcel algunas nobles del pueblo, espantadas de la crueldad del gobernador y compadecidas de Centola (por tanto, se afirma el hecho de que sería muy conocida entre todas). Algunas intentaron persuadirla de su empeño de fidelidad, y que cediese a los requerimientos de la ley. Centola, por su parte, les contestó con una apología de la fe cristiana (tal vez añadido posteriormente) y les dio a entender el premio que a ella misma le aguardaban por permanecer fiel a Cristo, los cuales si ellas los hubiesen apenas intuido, le tendrían envidia y no compasión. Supo Eglisio de esta prédica en la cárcel y mandó cortarle la lengua, pero “aquel Señor por quien padecía hizo que hablase sin tan preciso instrumento, por una de aquellas portentosas maravillas de su infinito poder”.

O sea, que aún sin lengua habló, y más que hablar, profetizó a Elena, que vino a visitarla también, que ella también sería mártir, y le deseó “valor para que no desmayes en la prueba”. Y dicho y hecho, enterado Eglisio que estaba allí Elena, y que era cristiana, la apresó, de lo que se alegró Elena, “deseosa de acompañar á su amiga en la muerte, como lo había hecho en vida”. Finalmente, ambas fueron degolladas al parecer en el año 304. Serían ejecutadas posiblemente a las afueras de la ciudad. En el año 782 los esposos Fredenandus y Gutina, señores de Castro-Siero, construyen una pequeña iglesia sobre el río Butrón, en Valdelateja, sobre el tradicional lugar del martirio (en la imagen). Según el obispo de Burgos, Gonzalo de Hinojosa, los obispos de Astorga y León llevaron los cuerpos a dicha iglesia (dice que los compraron por 300 libras de oro, no sé a quien, la verdad).

Los calendarios mozárabes ponen a Centola el día 2 de agosto, pero no le dan título de mártir y su culto no se asoció a Elena hasta el siglo XIV, luego del traslado de los cuerpos, realizado por el mismo Gonzalo de Hinojosa, que puso su martirio a 4 de agosto del 304. Se realizó esta traslación en 1317, reinando Alfonso XI, para que recibieran culto más apropiado en la catedral de Burgos (aunque se dejaron las cabezas en Sierro). Don Gonzalo los colocó en el altar mayor, y les concedió misa y oficio propio, con Rito Doble de primera clase (hoy Solemnidad). Decretó se hiciese procesión y que ese día fuera de precepto para la ciudad y diócesis de Burgos. Baronio las inscribió en su martirologio el 13 de agosto “Burgis in Hispania Santarum Centollæ & Elena Martirum

Actualmente el arzobispado de Burgos celebra a Santa Centola día 2 de agosto, y no el 13, como antes. Al revisar y reformar su calendario propio se celebra solo a Centola, porque aunque las actas son legendarias y sin crédito el culto a Centola está arraigado en Sierro, no así el de Elena, cuya persona y culto se añadió en el siglo XIV y de la que no se sabe nada, tal vez sea otra mártir desconocida, tal vez ni siquiera eso.

Y termina el mismo Año Cristiano poniendo una oración a las santas:
Dame, Dios mío, que en el ejemplo de estas dos santas mártires aprenda la ciencia de la propia santificación y de la ajena edificación: la fortaleza para no dejarme doblar de los miedos del mundo; la constancia para perseverar en tu amor en medio de los mayores tormentos: la alegría con que debo pasar por mil muertes si fuese necesario, antes que abandonar la fe que recibí en el bautismo.”

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